Joyas de la Historia Hispánica – Conquista de México

EMBAJADA DEL REINO DE WIKONGA EN COLOMBIA

Gracias a Julio César Rodríguez Bustos, Embajador de Wikonga en Colombia.

CARTAS DE LA CONQUISTA DE MÉXICO – CARTA PRIMERA – ENVIADA A LA REINA DOÑA JUANA Y AL EMPERADOR CARLOS V, SU HIJO, POR LA JUSTICIA Y REGIMIENTO DE LA RICA VILLA DE LA VERACRUZ A 10 DE JULIO DE 1519 – PRIMER COMBATE Y TRIUNFO DE CORTÉS EN TABASCO (11-III-1519)

Partidos de esta isla (Cozumel – Santa Cruz) fuimos a Yucatán y por la banda del norte corrimos la tierra adelante hasta llegar al río grande que se dice de Grijalba.., y es tan baja la entrada de aquel río que ningún navío de los grandes pudo en él entrar, mas como el dicho capitán Fernando Cortés esté tan inclinado al servicio de vuestra majestad y tenga voluntad de les hacer verdadera relación de lo que en la tierra hay, propuso no pasar más adelante hasta conocer el secreto de aquel río y pueblos que en la ribera dél están, por la gran fama que de riqueza se decía que tenían.; y ansi sacó toda la gente de su armada en los bergantines pequeños y en las barcas, y subimos por el río arriba hasta llegar y ver la tierra y pueblos della; y como llegásemos al primer pueblo, hallamos a la gente de los indios dél puesta a la orilla del agua, y el dicho capitán les habló con la lengua y faraute que llevábamos y con el dicho Jerónimo de Aguilar, que había, como dicho es de suso, estado cautivo en Yucatán que entendía muy bien y hablaba la lengua de aquella tierra, y les hizo entender cómo él no venía a les hacer mal ni daño alguno, sino a les hablar de parte de vuestras majestades y que para esto les rogaba que nos dejasen y tuviesen por bien que saltásemos en tierra, porque no teníamos donde dormir aquella noche sino en la mar en aquellos bergantines y barcas, en las cuales no cabíamos aun de pies, porque para volver a nuestros navíos, eran muy tarde porque quedaban en altamar; y oído esto por los indios, respondiéronle que hablase desde allí lo que quisiese, y que no habíase de saltar él ni su gente en tierra; sino, que le defenderían la entrada; y luego en diciendo esto comenzaron a poner en orden para tirar flechas, amenazándonos y diciendo que nos fuésemos de allí; y por ser este día muy tarde, que casi era ya que quería poner el sol, acordó el capitán que nos fuésemos a unos arenales que estaban enfrente de aquel pueblo, y allí saltamos en tierra y dormimos aquella noche.

Otro día de mañana luego vinieron a nosotros ciertos indios en una canoa, y trujeron ciertas gallinas y un poco de maíz que habría para comer algunos hombres en una comida, y dijéronnos que tomásemos aquello y que nos fuésemos de su tierra; y el capitán les habló con los intérpretes que teníamos y les dio a entender que en ninguna manera él se había de partir de aquella tierra hasta saber el secreto della, para poder escribir a vuestras majestades verdadera relación della, y que les tornaba a rogar que no recibiesen pena dello ni le defendiesen la entrada en dicho pueblo, pues que eran vasallos de vuestras reales altezas; y todavía respondieron diciendo que no atreviésemos de entrar en el dicho pueblo, sino que nos fuésemos de su tierra; y ansí se fueron, y después de idos determinó el dicho capitán de ir allá, y mandó a un capitán de los que en su compañía estaban que se fuese con doscientos hombres por un camino que aquella noche que en tierra estuvimos se halló que iba a aquel pueblo, y el dicho capitán Fernando Cortés se embarcó con hasta ochenta hombres en las barcas y bergantines, y se fue a poner frontero del pueblo, para saltar en tierra si le dejasen, y como llegó, halló los indios puestos de guerra, armados con sus arcos y flechas y lanzas y rodelas, diciendo que nos fuésemos de su tierra; si no, si queríamos guerra, que comenzácemos luego, porque ellos eran hombres para defender su pueblo. Y después de le haber requerido el dicho capitán tres veces, diciéndoles que no quería guerra, viendo que la determinada voluntad de los dichos indios era resistirle que no saltase en tierra y que comenzaban a flechar contra nosotros, mandó soltar los tiros de artillería que llevaba y que arremetiésemos a ellos; y soltados los tiros, al saltar de la gente que saltó en tierra, nos hirieron algunos, pero, finalmente, con la prisa que les dimos y con la gente que por las espaldas les dio de la nuestra, que por el camino había ido, huyeron y dejaron el pueblo, y ansí, lo tomamos y nos aposentamos en la parte dél que más fuerte nos pareció.

Y otro día siguiente vinieron a hora de víspera dos indios de parte de los caciques, y trajeron ciertas joyas de oro muy delgadas, de poco valor, y dijeron al capitán que ellos le traían aquello por que se fuese y les dejase su tierra como antes solían estar, y que no les hiciese mal ni daño; y el dicho capitán le respondió diciendo que aoque pedían de no les hacer mal ni daño, que él era contento; y de dejarles la tierra, dijo que supiesen que de allí adelante habían de tener por señores a los mayores príncipes del mundo, y que habían de ser vasallos y los habían de servir, y que haciendo esto, vuestras majestades les harían muchas mercedes, y los favores crecerían, y ampararían y defenderían de sus enemigos, y ellos respondieron que eran contentos de lo hacer ansí; pero todavía le requerían que les dejase su tierra; y ansí quedamos todos amigos y concertada esta amistad, les dijo que la gente española que allí estábamos con él no teníamos qué comer ni lo habíamos sacado de las naos; que les rogaba que el tiempo que allí en tierra estuviésemos nos trajesen de comer, y ellos respondieron que otro día traerían; y ansí, se fueron, y tardaron aquel día y otro que no vinieron con ninguna comida, y de esta causa estábamos todos con mucha necesidad de mantenimiento, y al tercer día pidieron algunos españoles licencia al capitán para ir por las estancias de alrededor a buscar de comer; y como el capitán viese que los indios no venían envío cuatro capitanes con más de ducientos hombres a buscar a la redonda del pueblo si hallarían algo de comer, y andándolo buscando toparon con muchos indios y comenzaron luego a flecharles en tal manera, que hirieron veinte españoles, y si no fuera fecho de presto saberse el capitán para que los socorriese, como los socorrió,que créese que matarán más de la mitad de los cristianos; y ansi, nos venimos y retrajimos todos a nuestro real, y fueron curados los heridos y descansaron los que habían peleado.

Y viendo el capitán cuán mal los indios lo habían hecho, que en lugar de nos traer de comer, como habían quedado, los flechaban y hacían guerra, mandó sacar diez caballos y yeguas de los que en las naos llevaban, y apercibir toda la gente, porque tenía pensamiento que aquellos indios, con el favor que el día pasado habían tomado, vendrían a dar sobre nosotros al real con pensamiento de hacer daño; y estábamos ansi todos bien apercibidos, envío otro día ciertos capitanes con trescientos hombres adonde el día pasado habían habido la batalla, a saber si estaban allí los dichos indios, o qué había sido dellos, y dende a poco envío otros dos capitanes con la retaguardia con otros cien hombres, y el dicho capitán Fernando Cortés, se fue con los diez de a caballo encubiertamente por un lado junto yendo, pues, en otra orden, los delanteros toparon gran cantidad de indios de guerra que venían todos a dar sobre nosotros en el real, y si por acaso aquel día no hubiésemos salido a recibirlos al camino, pudiera ser que nos pusieran en harto trabajo. Y como el capitán de la artillería, que iba delante, hiciese ciertos requerimientos por ante escribano a los dichos indios de guerra que topó, dándoles a entender por los farauntes y lenguas que allí iban con nosotros que no queríamos guerra, sino paz y amor con ellos, y no se curaron de responder con palabras, sino con flechas muy espesas que comenzaron a tirar, y estando ansí pelando los delanteros con los indios, llegaron los dos capitanes de la retaguardia; y habiendo dos horas que estaban peleando todos con los indios, llegó el capitán Fernando Cortés con los de a caballo por la una parte del monte, por donde los indios comenzaron a cercar a los españoles a la redonda, y allí anduvo peleando con los dichos indios una hora; y tanta era la multitud de indios, que ni los que estaban peleando con la gente de pie de los españoles veían a los de a caballo y sabían a qué parte andaban, ni los mismos de a caballo, entrando y saliendo en los indios se veían unos a otros; mas después los españoles sintieron a los de a caballo, arremetieron de golpe a ellos, luego fueron los indios puestos en huida, y siguiendo media legua el alcance, visto por el capitán cómo los indios iban huyendo y que no había más que hacer, y que su gente estaba muy cansada, mandó que todos se recogerían a unas casas de unas estancias que allí había, y después de recogidos se hallaron heridos veinte hombres, de los cuales ninguno murió, y de los que hicieron el día pasado; y ansí, recojidos y curados los heridos, nos volvimos al real, y trujimos con nosotros dos indios que allí se tomaron, los cuales el dicho capitán mandó soltar y envío con ellos sus cartas a los caciques, diciéndoles que si quisiesen venir donde él estaba que les perdonaría el yerro que habían hecho y que serían sus amigos, y este mismo día, en la tarde, vinieron los indios que parecian principales, y dijeron que a ellos les pesaba mucho de lo pasado y que aquellos caciques les rogaban que los perdonase y que no les hiciese más daño de lo pasado, y que no les mantase más gente de la muerta, que fueron hasta ducientos veinte hombres los muertos, y que lo pasado fuese pasado, y que dende en adelante ellos querían ser vasallos de aquellos príncipes que les decían, y que por tales se daban y tenían, y que quedaban y se obligaban de servirles cada vez que en nombre de vuestra majestad algo les mandasen; y así, se asentaron quedaron hechas las paces, y preguntó el capitán a los dichos indios, por el intérprete que tenía, que qué gente era la que en la batalla se había hallado, y respondiéndole que de ocho provincias se habían juntado los que allí habían venido, y que según la cuenta y copia que ellos tenían serían por todo cuarenta mil hombres, y que hasta aquel número sabían ellos muy bien contar.

Crean vuestra reales altezas por cierto que esta batalla fue vencida más por voluntad de Dios que por nuestras fuerzas, porque para con cuarenta mil hombres de guerra poca defensa fuera cuatrocientos que nosotros éramos. Después de quedar todos muy amigos, y nos dieron en cuatro o cinco días que allí estuvimos hasta ciento y cuarenta pesos de oro entre todas piezas, y tan delgadas y tenidas dellos en tanto, que bien parece su tierra muy pobre de oro, porque de muy cierto se pensó que aquello tenían era traído de otras partes por rescate. La tierra es muy buena y muy abundosa de comida, así de maíz como de fruta, pescado y otras cosas que ellos comen. Está asentado este pueblo en la ribera del susodicho río, por donde entramos en un llano, en el cual hay muchas estancias y labranzas de las que ellos usan y tienen. Reprendioseles el mal que hacían en adorar a los ídolos y dioses que ellos tienen, hizoseles entender cómo habían de venir en conocimiento de nuestra muy santa fe, y quedóles una cruz de madera grande puesta en alto, y quedaron muy contentos, y dijeron que la tendrían en mucha veneración y la adorarían, quedando los dichos indios en esta maneta con nuestros amigos y por vasallos de vuestras reales altezas. (Tomado de “Hernán Cortés 500 años Un Imperio)

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